Muerte en Jerez. Podría ser el título de una crónica taurina o de un libro histórico de guerras mozárabes, pero no: el socio 77 del Xerez, Juan del Valle Sepúlveda, perdió la vida en las gradas víctima de un infarto. Osvaldo Soriano recoge la fábula de un hincha argentino que daba suerte a su club, pero dejó de ir al campo por prescripción médica: su corazón estaba muy débil. Desde que no acudía a la cancha, el equipo no conseguía ganar, así que un grupo de aficionados decidieron secuestrarle y llevarle al campo. El equipo ganó y a él se le paró el corazón celebrando el gol que les daba el título. Supongo que, como en las plazas de toros y las viejas batallas en las que el honor dependía de una espada, hay algo tristemente romántico cuando la muerte te sobreviene en un estadio.
Un pase imposible. Delinear, diseñar... Al final se trata de lo mismo: imaginar líneas imposibles que terminan siendo realidad. Cuando el Barça-Málaga agoniza en empate y pérdida de liderato azulgrana, hace falta ser muy buen delineante para mantener la calma e imaginar una hipotenusa entre un mar de piernas, calcular el trazado preciso y la fuerza perfecta en el golpeo para asistir a alguien que rompe el fuera de juego a 20 kilómetros por hora. A veces parece magia, pero lo que hizo Xavi en el segundo gol azulgrana no esconde trucos. Es puro talento.
Un futbolista caro. Reyes ha vuelto en su mejor versión, aquella que nació en Sevilla y por la que pagaron muchos duros Real Madrid, Arsenal, Benfica y Atlético de Madrid. Un futbolista que en apenas un lustro ha movido cerca de 80 millones de euros no puede ser malo. Es imposible que tanta gente se equivoque... Aunque hay determinados jugadores que conllevan un enorme factor riesgo: se les espera constantemente, pero aparecen cuando se alinean los astros. José Antonio Reyes está entre los cinco futbolistas más en forma de la Liga. ¿Con nivel de mundialista? Quizás... pero, ¿y si no aparece en junio?
Nos pasa demasiadas veces. Tantas que a uno se le plantea la duda de si somos imbéciles o algo por el estilo. Debajo del tópico por excelencia ("En fútbol no hay rival pequeño") subyace un peligro soberano: menospreciar al adversario. No es desprecio; el menosprecio significa, directamente, no otorgar la más mínima posibilidad al hecho de que el rival te puede ganar.
En las vísperas, el entorno se envenena y te agiganta. Te dibuja muy superior al rival, menospreciado incluso cuando se trata de un equipo que ha llegado (no por casualidad) a los octavos de final de la Liga de Campeones. Poco a poco, el veneno se te cuela en la sangre hasta creerte versiones absurdas sobre un equipo en horas bajas, un conjunto claramente menor, un mero trámite hacia rondas más jugosas.
Y de repente, una derrota. Nadie la contemplaba. ¿Era realmente una posibilidad tan inverosímil como la habían pintado?
La consecuencia directa de menospreciar al adversario es la sensación de fracaso cuando llega la derrota. Esa consecuencia es, además, proporcional: cuanto mayor es el menosprecio, mayor la rabia posterior al fiasco. Lo que algunos consideran un resultado lógico (perder fuera de casa en unos octavos de final), otros, los que hincharon el globo e hicieron de menos al Olympique, andan pidiendo cabezas. Kaká es un petardo, Diarra no es la sombra del que fue, Cristiano Ronaldo se arruga en las grandes citas, Arbeloa sólo funciona cuando el rival es mediocre, Marcelo es lo más parecido a un coladero que jamás se ha visto en una banda izquierda...
El tremendismo es deporte patrio. Los mismos que un día suben a los altares otro día son pateados al infierno. Ni era tan inverosímil perder ni tan lamentable el 1-0 encajado. Me da cierta lástima, pero supongo que menospreciar y exagerar son dos formas de opinar que venden demasiado.
Cuando Rijkaard entrenaba al Barcelona, hubo una 'plaga' (ruego nótense las comillas a lo largo de todo el texto) de roturas de ligamentos. En aquel instante, un equipo de reputados científicos llamados "periodistas" buscamos los porqués de semejante cúmulo de desgracias. Ni se nos ocurrió plantearnos las opciones "coincidencia" o "infortunio". Las casualidades y los golpes de mala suerte no venden periódicos. Entonces, llegamos a la conclusión –sin duda acertada, con miles y miles de páginas que así lo corroboraban- de que la culpa era del césped.
Tres años después, otra 'plaga' asola el vestuario azulgrana. Esta vez son roturas fibrilares, media docena de lesiones musculares a las que hay que buscarles explicación. Ya he leído y escuchado en muchos mentideros que, en esta ocasión, la culpa es de la planificación de entrenamientos. Tampoco hemos contemplado, en esta ocasión, la posibilidad de que se deban exclusivamente a la mala fortuna o a una sucesión de eventualidades ingobernables. Ha de existir una explicación. Siempre tiene que haberla.
Y sí, en esta ocasión también hemos metido en el mismo saco de la sobrecarga o las malas preparaciones a un tipo que apenas juega (Chigrinskiy), dos que vienen cargaditos de la Copa de África (Touré y Keita), un jugador insustituible (Xavi) y dos de los laterales (Alves y Abidal, los más rápidos de la plantilla) con más recorrido de la Liga.
En los tiempos de Frank, el de la cabeza como un plato de fusilis, se pidió la sustitución del maltrecho césped que destrozaba rodillas. Ahora ya se cuestiona abiertamente, sin disimulo alguno, al preparador físico de la primera plantilla. Tremendas idioteces, sí, pero qué se puede esperar de un país que da cierto crédito y demasiada presencia a aquel brujo que echó mal de ojo a Cristiano Ronaldo para que se lesionara el tobillo...
Bilardo recibió un caramel envenenado en México'86. Disponía de un equipo mediocre con un jugador superlativo, y en su ideario futbolístico, sin embargo, aquello encajaba. Fillol, Tarantini, Pasarella... y así hasta diez tipos de dudoso gusto futbolístico alrededor de Maradona. Cuentan los cronistas de la época que, en las sesiones tácticas antes del Mundial que coronó a la albiceleste, un mediocampista le empezó plantear dudas: "¿Y si el rival aprieta?". "Búsquenle y dénsela... y si no aprieta, también: búsquenle y dénsela". Se refería a Maradona, por supuesto.
Por mucho que esto sea un deporte de equipo (o quizás precisamente por ello), el recurso de entregarle la pelota al mejor del plantel es tan viejo como el mismo juego. Aquella Argentina del 86 es el mejor ejemplo: diez personajes asumen un rol absolutamente secundario, entierran sus egos a muchos metros de profundidad y asumen que, por el bien del colectivo, deben surtir al líder de balones y protegerlo de ingerencias externas. Como zánganos con la abeja reina o espadachines medievales con su capitán. No hay nada malo, supongo, en reconocer la superioridad de un individuo, convertirlo en líder o guía, entregarle la confianza y la pelota, y esperar a que indique el camino.
El pasado sábado, el Barça jugó un partido peliagudo. Se quedó con diez muy pronto después de que Piqué realizase una entrada demencial (¡Y todavía se cuestiona!) y tenía enfrente a un Getafe apasionado en cada visita al Camp Nou. La vigilancia sobre Xavi e Iniesta era férrea, y sólo quedaba el recurso del "búsquenle y dénsela" de Leo Messi, el tipo de nunca falla.
Una vez me regalaron una buena conclusión: "El genio no es el que marca tres goles en un 5-0, sino el que hace el 1-0 cuando todo parece conspirar en su contra". Puede que Messi pertenezca al primer grupo, pero no cabe ninguna duda de que sí que pertenece al segundo. Le buscaron, se la dieron... y ganaron.
Por un taconazo, una convocatoria. Así funciona este país, exagerado y esperpéntico, emocionalmente inestable si el que piensa es el balón.
De repente han sonado campanas de Mundial en casa de Guti. No las ha tocado el seleccionador. Tampoco la federación. Ni siquiera la opinión pública, ese ente informe que tiene muy clara una cosa: lo que funciona no se toca. Y España, por lo menos futbolísticamente, funciona.
Pero claro, como el dramatismo es un deporte tan patrio como el fútbol, la pequeña gran obra de arte de Gutiérrez en Riazor ha disparado los cerebros espongiformes de 'gutismo' mediático, que sueltan "¿Y por qué no?" mirando a Suráfrica.
Vicente del Bosque fue claro: "Si hiciésemos la lista cada semana, en ésta Guti iría a la selección". ¿A eso jugamos? Vale. Pues juguemos: vamos a Suráfrica con Iraizoz (Athletic) en la portería; Canella (Sporting) y Crespo (Racing) en los laterales; como centrales González (Málaga) y Pareja (Espanyol); el centro del campo para Lafita (Zaragoza), Javi López (Málaga) y Guti (R.Madrid); y arriba, Juanfran (Osasuna) y Calvo (Xerez) en las bandas, y Negredo (Sevilla) en punta. Puesto por puesto, quizás los mejores de la vigésima jornada. ¿Vamos? ¿A que no?
Pues dejémonos de imbecilidades. La inestabilidad, la crítica y la lapidación pública del seleccionador han sido señas de identidad de una afición (con alta responsabilidad de los medios) que se plantaba en un torneo creyéndose favorita y después, cuando no se superaban los cuartos de final, agarraba piedras. Al mismo Luis le llovieron pedruscos hasta el último minuto del último partido de preparación previo a la Eurocopa... ¿No hemos aprendido nada? Del Bosque tiene cara de "por favor, déjenme trabajar tranquilo". Pero no sabemos. Nos puede. Somos demasiado inquietos, demasiado tontos.
Hace un año, en este mismo espacio, comparecía ante ustedes el mismo personaje. Se llamaba (llama) Juanfran y jugaba (juega) en Osasuna. Hace un año, digo, los rojillos trataban de asaltar el Bernabéu desde una incómoda última posición, con sólo 13 puntos (todos los pronósticos los metían en Segunda) y más sentido de la honra que fútbol en las botas. Juanfran, un extremo derecho de la vieja escuela, de los que adoran jugar pegados a la línea de cal y encarar al adversario una y otra vez hasta que salga bien, fue víctima de un horrible arbitraje. El colegiado era Pérez Burrull, y el castigo por dos penaltis recibidos fue... la expulsión. En ambas jugadas, el alicantino fue claramente derribado; en ambas jugadas, Pérez Burrull le mostró tarjeta amarilla por tirarse (en una de ellas, la primera, llegó a decirle: "Si te tiras, por lo menos tírate bien"). De aquellos dos penaltis de libro enviados al limbo de las decisiones erróneas sólo quedó la indignación. El Real Madrid ganó el partido y Osasuna regresó a Pamplona con sensación de atraco.
Pérez Burrull no había arbitrado a Osasuna en un año largo. Los ordenadores de la Federación habían evitado habilidosamente la tensión de un difícil reencuentro. Pero tarde o temprano debían volver a verse. Y fue un año después, en Villarreal y con Juanfran igualmente ubicado junto a la línea de cal.
El fútbol es muy caprichoso, dicen algunos cronistas cuando quieren buscarle explicación a lo inexplicable. Pero tiene que ser algo del destino. Tremendas casualidades como la del domingo sólo se justifican con algo de memoria y mucho de azar. Juanfran, un buen jugador al que siempre le ha faltado gol para ser de los grandes, celebró el reencuentro con el árbitro de la ignominia haciendo dos goles, tantos como penaltis se le habían escatimado en el Bernabéu. Por fin pudo mirar a Pérez Burrull a la cara sin resquemor. Salía victorioso, consciente de que el destino,más caprichoso aún que el propio fútbol, le había devuelto lo que un día le quitó.
Obra en mi poder un viejo diccionario enciclopédico de cuando Letonia, Lituania y Estonia eran independientes (antes de formar parte de la URSS y después volverse a separar), y consulto con cierto recelo el vocablo "cautela", no sea que ahora tenga nuevos significados, porque me han entrado dudas. Les refiero el resultado de la búsqueda: "Precaución y reserva con que se procede". Incluyen además una acepción propia del derecho canónico, si es que he entendido bien las abreviaturas, sobre la 'Absolución a cautela', que es "absolver cuando existe duda de si alguno ha incurrido o no en excomunión".
No logro resolver las incógnitas. No entiendo qué es una suspensión cautelar, que es lo que busca el Real Madrid para Cristiano Ronaldo con recursos y documentadísimos alegatos ante el Comité de Apelación. Creo que tiene que ver más con la excomunión que con la "precaución y reserva", si es que no me he liado mucho, porque esto de andar por la vida con cautela me suena más a ir con pies de plomo para no herirse o herir, faltar a nadie, conseguir un objetivo después de un arduo proceso previo...
¿Es posible que el Comité obre con "precaución y reserva" para no herir los sentimientos del club más laureado del país? ¿O que, efectivamente, vayan a absolver a CR9 porque existen dudas de si ha incurrido en agresión?
Después de ver cómo funcionan unos y otros, les ofrezco mi sensación, entre la intuición (piensa mal y acertarás) y el vaticinio: Competición le metió dos partidos para que Apelación le quite uno. Cristiano Ronaldo no estará en Riazor, y aunque al madridismo le queme la historia porque se la juegan sin su estrellita en una plaza que se les atraganta con facilidad, quizás la medida sea correcta para terminar de una vez con esas "suspensiones cautelares" que no hay quien las entienda.
Prefiero (por salud mental) escribir esto antes de que el Comité de Competición haga pública la sanción a Cristiano Ronaldo. No quiero esperar y convertirme parte activa de las dos Españas, cuando el país se subdivida inmediatamente en los que piensan que es injusta por defecto y los que piensan que es injusta por exceso.
Y prefiero escribir antes de la resolución porque jamás a nadie le han hecho semejante lavado de imagen en una campaña mediática; nunca se había presionado de tal forma a un comité sancionador o disciplinario antes de que tome una decisión sobre un manotazo violento que le rompe el tabique nasal a un adversario.
Se me soltó la risa floja cuando escuché a uno de los gurús del periodismo deportivo del país asegurar (¡Y parecía convencido de ello!) que fue un problema de altura, porque cuando lo hace Messi golpea en el pecho del rival, y cuando lo hace Cristiano Ronaldo impacta en la cara. Una cuestión de centímetros que, por la misma regla de tres, obligaría a modificar el reglamento en el punto que hace referencia al juego peligroso por levantar el pie en exceso: no es lo mismo levantárselo a Munitis que a Zigic, supongo, y el colegiado debería arbitrar con silbato, cartulinas y metro de sastre. Un absurdo infumable.
El verdadero problema es que se llama Cristiano Ronaldo y juega en el Real Madrid, y no Benito López, el del Atlético Socuéllamos. Es un ejercicio de hipocresía barata la forma en que determinados creadores de opinión tratan de poner paños calientes sobre una agresión tan flagrante. Y les juro que escribiría lo mismo si el autor del codazo fuese Messi (la 'caverna mediática' culé haría lo propio)... o Benito López, pero este último no tiene quien le escriba ni defienda. Pase lo que pase, la vergüenza no será la sanción en sí, sino todo lo que ha sucedido antes de llegar a ella.
Los oráculos más simplistas reducen el juego del fútbol a la mínima expresión. Probablemente todos caeríamos en el punto más facilón si nos obligasen a redactar la definición más breve de fútbol: "Once contra once tratando de meter una pelota en la portería contraria".
Pero el gol que marcó el Sevilla ante el Almería nos habla de algo muy complejo, donde no sólo juegan once: también lo hacen sus circustancias y estados de ánimo, así como imponderables que nada tienen que ver con ellos.
Recientemente, veíamos en Inglaterra cómo un niño golpeaba un gran globo rojo hacia el césped. Éste se detuvo en el pico del área pequeña justo cuando el rival del Liverpool atacaba la puerta de Pepe Reina; la trayectoria que dibujó el balón en el disparo del delantero coincidía con la ubicación del globo, que salió despedido hacia el lado A, mientras el balón enfiló el lado B hacia las redes. Reina, engañado por el azar, eligió el lado A y el Liverpool perdió el partido.
En Sevilla, donde la tierra del césped carece del drenaje habitual (lógicamente) que poseen los estadios norteños, Acasiete (Almería) cedió un balón a su portero. Era un sencillo pase de 15 metros, rasito, sin problemas. Pero allí habitaba un charco, y el agua frenó en seco el balón. Renato aprovechó el regalo del agua y cedió atrás para que Negredo liquidase a su ex equipo.
Si realmente esto fuese un deporte de once contra once, ni el globo ni el charco jugarían... pero juegan, tanto como los postes, los banderines (ese milímetro en la trayectoria que diferencia un inofensivo saque de banda de un peligroso córner), los espontáneos que detienen un partido cuando los locales (o los visitantes) han conseguido encontrar su ritmo... y así un largo etcétera.
Supongo que el fútbol, sí, es un once contra once. Pero estos onces son sólo la punta del iceberg de los millones de situaciones que consiguen, como reza la definición, que la pelota se meta en la portería contraria.
No hay nada más triste en un campo de fútbol que un portero bajo la lluvia o un cojo tirando paredes, ni nada más ruin que un equipo que sale derrotado, cabizbajo y soso, tan consciente de la superioridad del adversario que no gasta el mínimo gramo de energía en plantarle cara, por mucho que el resultado final sea el de una contundente derrota.
Hay partidos en los que un equipo se gana el descrédito popular por su apatía (el último ejemplo flagrante se vivió a finales de año, cuando el Zaragoza visitó –porque estuvo de visita- el Bernabéu y se llevó media docena), y partidos en los que un equipo se gana el permiso para perder.
El caso del Barcelona en el Sevilla hay que tratarlo con exquisitez, porque perder no perdió... aunque cayó eliminado. Nos parecía ciencia ficción, pero sí: el Barça es humano y vencible a doble partido. Podríamos entrar en la inmolación del Camp Nou, donde el intocable Guardiola alineó un equipo dudoso y se llevó una voltereta. Pero después de ver los últimos 45 minutos del partido de vuelta, no me hubiese gustado estar en el pellejo de un seguidor sevillista, al borde de la taquicardia, sino en la de un seguidor azulgrana, orgulloso de su equipo incluso en la eliminación.
Es verdad: pasará el tiempo y sólo quedará que el Barça fue eliminado; pocos recordarán la exhibición del segundo tiempo, donde Xavi y Messi tocaron a rebato y el Sevilla era un muñeco de trapo golpeado por todos lados hasta que aparecía Palop para sacar manoplas donde se cantaban goles. Es literal y futbolísticamente imposible vender tan cara una eliminación: en los mejores 45 minutos de fútbol de toda la temporada, el ejecutor de semejante obra de arte se quedó en la cuneta. Sacchi dijo que las eliminatorias duran 180 minutos y las gana el equipo que menos tiempo regale al adversario. Quizás la exhibición del Barça fue demasiado corta.
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