La tentación que me invade es, como aquel redactor del Clarín en México'86, dejar un hueco enorme, aquí abajo, bajo la frase: "Llénenlo con lo que quieran. Con lágrimas o con gritos, con una palabra o las mil que les quepan. Llénelo y díganme qué piensan. Yo no puedo pensar".
Es una tentación sincera, se lo juro. Incluso quienes vivimos del juntar palabras, del usarlas en su (supuesto) sitio y transmitirles pasiones o fobias, hoy no las encontramos. Mi hoy es su ayer, el ayer de todo un país, de la mejor generación de futbolistas que ha conocido esta España a la que una pelota, y no cien políticos, ha conseguido poner de pie unida.
Sé que cada vez les estoy dejando menos sitio, pero no quiero dejar de enviarle un 'algo', qué se yo el qué, a Andrés Iniesta. El rostro pálido más amigable del planeta, el chico que decidió no peinarse raro, no tatuarse nada ni colgarse nada de una oreja. Un chico que trata la pelota con la complicidad que un novio trata a su recién conocida novia. El 'Iniestazo' de Londres, aquel gol de las semifinales de Champions ante el Chelsea, ha quedado en un rincón. El 'Iniestazo' es ahora otra cosa: un pelotazo a las dos horas de partido que hizo reventar a un país.
Cada vez menos espacio para ustedes, me perdonarán, pero vi llorar a Casillas. Y mientras empapaba sus guantes en lágrimas me acordé de las decenas y decenas de jugadores sobre los que pusimos en su día toda la confianza del mundo y hoy, mi hoy, su ayer, vieron satisfecha su dedicación.
Apenas un par de líneas, lo sé. Me encantaría dejárselas, pero en el fondo de todo esta marea habita la responsabilidad. Y la responsabilidad, la complicidad, me obliga a llegar hasta aquí abajo. Ustedes disfruten. Sigan disfrutando. Se lo han ganado.
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